Si una crítica debe ser sincera (o al menos eso pienso yo), debo empezar esta reconociendo que fui a ver esta obra por compromiso. Me invitaron a verla y, tras un rápido vistazo a la sinopsis, llegué a la torpe conclusión de que se trataba de una adaptación de un drama griego, de esas que tan de los nervios pone a Javier Marías. Incluso tuve la osadía de pedir disculpas por adelantado a mi sufrido (por lo de aguantarme) acompañante. Me equivoqué.

Debo (quiero) decir en mi descargo que, como ya he comentado en otras ocasiones, me gusta ir a ver las obras sin saber mucho de ellas, libre de prejuicios y opiniones externas. Lo cual no deja de ser paradójico, porque mi trabajo en Somos Teatro consiste en ofrecer esa opinión... y porque a esta fui con prejuicios muy equivocados (como casi todos los prejuicios). Afortunadamente, mi error acabó derivando en una más que grata sorpresa.

Clamor de Clitemnestra es una obra que habla sobre la mujer en distintos aspectos: la mujer condenada, la mujer refugiada, la mujer invisible... y la mujer que clama por limpiar su nombre, y el de todas las mujeres, en la Historia. Y esto con una única actriz en el escenario, Natalia Moya, que llena el escenario con su dolor y su esperanza, y cautiva al público gracias a una excelente interpretación y un texto potente. Porque Natalia, con su interpretación, con tan solo una mirada, consigue que cuando Clitemnestra busca la compasión el público se apiade, y cuando expresa su furia al espectador se le hiele la sangre.

Desde que entras en Teatro del Arte te das cuenta de que se han cuidado los detalles. Aún no te has sentado y ya lo ves y lo oyes. La puesta en escena, aparentemente simple pero cuidada, es impactante. Parece una simple pared hecha con cajas de cartón. De hecho lo es. Pero la atmósfera está tan bien preparada... Visualmente, el humo y el juego de luces a través de las cajas, te introducen de bruces en el Hades en el que deambula, desterrada, Clitemnestra. El sonido, limpio y sutil, te acaba de situar en una gran ciudad, el Hades actual en el que la protagonista está desterrada y que bien podría ser el túnel de Plaza de España en el centro de Madrid, completando la escenografía con maestría.

Y entonces sale ella, Clitemnestra, reclamando su espacio y su reinado de cajas de cartón que recoje y prepara de la basura. Y lo hace utilizando tres hilos argumentales: su propia historia (que es la del fin del matriarcado), la gestación mes a mes, y la historia de tres mujeres actuales que están unas calles más allá y que no podemos ver, pero que el público siente como si estuvieran allí. Tres mujeres que, al igual que ella, están desterradas y desarraigadas: inmigrantes que cruzaron la frontera, víctimas de los hombres, que han perdido hijos. Mujeres que, como la protagonista, también son invisibilizadas y prejuzgadas. Mujeres que ni siquiera comparten el mismo idioma, pero consiguen comunicarse entre ellas mediante gestos y crear un vínculo de mutuo apoyo.

Jugando hábilmente con estos tres hilos, al tiempo que desmonta y reconvierte el escenario de cajas con el apoyo de hábiles recursos de iluminación, sonido y algún golpe de efecto, Clitemnestra nos va contando su historia. Porque es un personaje mitológico que carga con el estigma de ser "perra vengadora, perversa, viuda negra ponzoñosa, asesina", pero en realidad es una mujer, una madre, que intentaba hacer justicia para apaciguar su dolor. Ella misma lo dice: "Todo lo que yo hice estaba permitido a los hombres. Ese fue mi verdadero crimen". No voy a ahondar en la figura de Clitemnestra porque la Wikipedia ya está inventada y porque, sobre todo, es mucho mejor descubrirlo viendo la obra, en la manera dosificada en que lo hace Natalia.

Luis Quinteros, que firma el texto y dirige la obra, trabajó a fondo con Natalia Moya hasta llegar a un libreto que conmueve y emociona, a raiz de unos estudios de ella sobre la figura de Clitemnestra... y su indignación por cómo este personaje era tratado históricamente. Desde luego, pueden darse por satisfechos porque con esta obra han conseguido hacer no solo justicia al personaje mitológico, sino crear ese tipo de arte que se disfruta y se agradece.

En resumen, Clamor de Clitemnestra es una obra altamente recomendable. Vayan a verla, pero dense prisa porque la última función en Teatro del Arte es este viernes 10 de febrero.

Crítica: Clamor de Clitemnestra


Si una crítica debe ser sincera (o al menos eso pienso yo), debo empezar esta reconociendo que fui a ver esta obra por compromiso. Me invitaron a verla y, tras un rápido vistazo a la sinopsis, llegué a la torpe conclusión de que se trataba de una adaptación de un drama griego, de esas que tan de los nervios pone a Javier Marías. Incluso tuve la osadía de pedir disculpas por adelantado a mi sufrido (por lo de aguantarme) acompañante. Me equivoqué.

Debo (quiero) decir en mi descargo que, como ya he comentado en otras ocasiones, me gusta ir a ver las obras sin saber mucho de ellas, libre de prejuicios y opiniones externas. Lo cual no deja de ser paradójico, porque mi trabajo en Somos Teatro consiste en ofrecer esa opinión... y porque a esta fui con prejuicios muy equivocados (como casi todos los prejuicios). Afortunadamente, mi error acabó derivando en una más que grata sorpresa.

Clamor de Clitemnestra es una obra que habla sobre la mujer en distintos aspectos: la mujer condenada, la mujer refugiada, la mujer invisible... y la mujer que clama por limpiar su nombre, y el de todas las mujeres, en la Historia. Y esto con una única actriz en el escenario, Natalia Moya, que llena el escenario con su dolor y su esperanza, y cautiva al público gracias a una excelente interpretación y un texto potente. Porque Natalia, con su interpretación, con tan solo una mirada, consigue que cuando Clitemnestra busca la compasión el público se apiade, y cuando expresa su furia al espectador se le hiele la sangre.

Desde que entras en Teatro del Arte te das cuenta de que se han cuidado los detalles. Aún no te has sentado y ya lo ves y lo oyes. La puesta en escena, aparentemente simple pero cuidada, es impactante. Parece una simple pared hecha con cajas de cartón. De hecho lo es. Pero la atmósfera está tan bien preparada... Visualmente, el humo y el juego de luces a través de las cajas, te introducen de bruces en el Hades en el que deambula, desterrada, Clitemnestra. El sonido, limpio y sutil, te acaba de situar en una gran ciudad, el Hades actual en el que la protagonista está desterrada y que bien podría ser el túnel de Plaza de España en el centro de Madrid, completando la escenografía con maestría.

Y entonces sale ella, Clitemnestra, reclamando su espacio y su reinado de cajas de cartón que recoje y prepara de la basura. Y lo hace utilizando tres hilos argumentales: su propia historia (que es la del fin del matriarcado), la gestación mes a mes, y la historia de tres mujeres actuales que están unas calles más allá y que no podemos ver, pero que el público siente como si estuvieran allí. Tres mujeres que, al igual que ella, están desterradas y desarraigadas: inmigrantes que cruzaron la frontera, víctimas de los hombres, que han perdido hijos. Mujeres que, como la protagonista, también son invisibilizadas y prejuzgadas. Mujeres que ni siquiera comparten el mismo idioma, pero consiguen comunicarse entre ellas mediante gestos y crear un vínculo de mutuo apoyo.

Jugando hábilmente con estos tres hilos, al tiempo que desmonta y reconvierte el escenario de cajas con el apoyo de hábiles recursos de iluminación, sonido y algún golpe de efecto, Clitemnestra nos va contando su historia. Porque es un personaje mitológico que carga con el estigma de ser "perra vengadora, perversa, viuda negra ponzoñosa, asesina", pero en realidad es una mujer, una madre, que intentaba hacer justicia para apaciguar su dolor. Ella misma lo dice: "Todo lo que yo hice estaba permitido a los hombres. Ese fue mi verdadero crimen". No voy a ahondar en la figura de Clitemnestra porque la Wikipedia ya está inventada y porque, sobre todo, es mucho mejor descubrirlo viendo la obra, en la manera dosificada en que lo hace Natalia.

Luis Quinteros, que firma el texto y dirige la obra, trabajó a fondo con Natalia Moya hasta llegar a un libreto que conmueve y emociona, a raiz de unos estudios de ella sobre la figura de Clitemnestra... y su indignación por cómo este personaje era tratado históricamente. Desde luego, pueden darse por satisfechos porque con esta obra han conseguido hacer no solo justicia al personaje mitológico, sino crear ese tipo de arte que se disfruta y se agradece.

En resumen, Clamor de Clitemnestra es una obra altamente recomendable. Vayan a verla, pero dense prisa porque la última función en Teatro del Arte es este viernes 10 de febrero.



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